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Qué es Empatía





La empatía es la intención de comprender los sentimientos y emociones, intentando experimentar de forma objetiva y racional lo que siente otro individuo. La palabra empatía es de origen griego “empátheia” que significa “emocionado”.

La empatía hace que las personas se ayuden entre sí. Está estrechamente relacionada con el altruismo - el amor y preocupación por los demás - y la capacidad de ayudar. Cuando un individuo consigue sentir el dolor o el sufrimiento de los demás poniéndose en su lugar, despierta el deseo de ayudar y actuar siguiendo los principios morales.

La capacidad de ponerse en el lugar del otro, que se desarrolla a través de la empatía, ayuda a comprender mejor el comportamiento en determinadas circunstancias y la forma como el otro toma las decisiones. La persona empática se caracteriza por tener afinidades e identificarse con otra persona. Es saber escuchar a los demás, entender sus problemas y emociones. Cuando alguien dice "hubo una empatía inmediata entre nosotros", quiere decir que hubo una gran conexión, una identificación inmediata.

La empatía es lo opuesto de antipatía ya que el contacto con la otra persona genera placer, alegría y satisfacción. La empatía es una actitud positiva que permite establecer relaciones saludables, generando una mejor convivencia entre los individuos.

Empatía como valor

La empatía puede ser vista como un valor positivo que permite a un individuo relacionarse con las demás personas con facilidad, y agrado, siendo importante el relacionamiento con los otros para mantener un equilibrio en su estado emocional de vida.
Por otro lado, la empatía permite a una persona comprender, ayudar y motivar a otra que atraviesa por un mal momento, logrando una mayor colaboración y entendimiento entre los individuos que constituyen una sociedad.

Empatía y asertividad

En primer lugar, la asertividad es expresar en el momento propicio, y de manera apropiada las ideas y sensaciones tanto positivas como negativas en relación a una situación.

Por lo tanto, la empatía y asertividad son habilidades de la comunicación que permiten una mejor adaptación social, a pesar de que ambas habilidades presentan diferencias.

El individuo asertivo defiende sus propias convicciones, en cambio el individuo empático entiende las convicciones de las demás personas. A pesar de ello, se debe de respetar y tolerar todas las ideas que surgen en la discusión con respecto a una situación determinada.

Empatía y simpatía

Como tal, la simpatía es un sentimiento de afinidad que atrae e identifica a las personas. Conlleva a un individuo generar armonía y alianza con otro. Específicamente es cuando alguien cae bien, que se siente estar bien con ella por su forma de ser o sentir.

Por su parte, la empatía, como ya fue dicha anteriormente, es la comprensión que siente una persona por otra en una determinada situación.
No obstante, una persona puede sentir simpatía y empatía a la vez por otra.

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Los 7 tipos de compañeros de trabajo más nocivos para tu salud y para tu vida


La fauna que se puede encontrar en el ecosistema laboral es muy amplia y variada. Existen diversas tipologías de empleados relacionadas con una mayor pérdida de productividad y potencialmente dañinos para la atmósfera laboral entre el resto de compañeros. A menudo, debemos trabajar en grupo con ellos, por lo que saber identificarlos de antemano nos permitirá tomar una serie de precauciones previas para aminorar su influencia negativa.

Algunos de los compañeros de trabajo más “tóxicos” para el ambiente laboral, son los típicos “criticones”, los “trepas” o los “cabezones”, pero por desgracia, la lista no se limita solo a ellos. Estas son algunas de las personalidades de los compañeros de trabajo más incómodos para los demás.

Victimistas

“En España nos quejamos más que hacemos”, se suele oír a menudo. Y es que según insiste la psicología laboral, existen verdaderos profesionales del victimismo. Seguro que todos hemos caído alguna vez en estas actitudes. Todo lo que nos rodea es negativo, todo se mueve en nuestra contra, y resulta que nosotros no tenemos absolutamente ninguna responsabilidad en lo que está sucediendo, somos inocentes. Sin embargo, lo que verdaderamente distingue al victimista es que nunca hace nada para cambiar la realidad y se limita a buscar que los demás empaticen con él por la cruz que les ha tocado llevar.

Cabreados crónicos

Si día tras día te cruzas con un compañero de trabajo que no te devuelve el saludo, entonces ten claro que estás ante un cabreado crónico. Se destacan por no mantener relaciones con los demás, dar la sensación de estar muy ocupados desde el primer momento en el que pisan la oficina, no brindar nunca una sonrisa y alardear de sus malas formas.
Menos habituales que los victimistas, pero igualmente presentes en todo tipo de empresas, estos compañeros de trabajo dejan de ser tóxicos para los demás cuando nos resignamos a asumir que su negativa actitud es consustancial a su forma de ser. De este modo, podremos relativizar su malhumor y crear una cortina de humo para que no contagie negativamente el clima laboral.

Desganados

Nunca duermen bien, siempre les duele la cabeza y, lo que es peor, siempre se sienten molestos cuando se requiere de su ayuda, sin importar que sea el jefe o sus compañeros. Su estado anímico es una constante entre el sufrimiento por las pocas ganas de enfrentarse al trabajo diario y la frialdad. La desgana es una de las actitudes más contagiosas y que pueden convertirse en un pernicioso freno para el trabajo en grupo. Al fin y al cabo, los desganados suelen privilegiar sus propios intereses ante los del resto del grupo o de la empresa en general.

Manipuladores

Suelen ser los más inteligentes, a la par que peligrosos. El Príncipe de Maquiavelo es su libro de cabecera y su capacidad para engañar a los demás en beneficio propio, utilizando siempre para ello medias verdades, no conoce límites. El resto de compañeros de trabajo solo son un medio para alcanzar sus objetivos particulares. Carecen de escrúpulos y con tal de ascender no dudan en traicionar a quien sea. Son expertos en el arte de seducir y la oratoria es su fuerte. Ante este tipo de compañeros de trabajo solo nos queda detectar su presencia, intentar conocerlos cada vez mejor y practicar nuestras habilidades para no dejarnos influir.

Criticones

Son un clásico en cualquier tipo de empresa. No importa la cuestión sobre la que se debata ni los argumentos empleados, ellos siempre estarán ahí para criticar y exagerar la parte negativa de todo, creyéndose además que son dueños de la verdad absoluta. Se destacan por ser unos eternos insatisfechos, nada les vale ni les hace felices, por lo que suelen rebajar el optimismo y el positivismo de quienes los rodean.
Una de sus máximas es sacar a relucir los defectos de los demás, aunque generalmente cuando no están presentes. Una estrategia de desprestigio de los compañeros que, según los psicólogos, utilizan en realidad para camuflar su falta de seguridad en sí mismos y en la tarea que desempeñan.

Trepas

Su individualismo y competitividad no tiene límites. Siempre están atentos para adueñarse de los méritos de los demás a ojos de sus superiores. Nunca dejan pasar por delante una buena oportunidad, aunque para ello tenga pisotear a los compañeros, de quienes suelen informar sobre sus errores y debilidades para dar la sensación a los jefes de que son mucho mejores que los demás.
Su capacidad para estar siempre al lado de quien más les conviene es muy alta, y siempre están ahí para lo que el jefe necesite, sin ningún tipo de miramiento hacia quien puedan perjudicar por ello. En definitiva, son unos maestros a la hora de echar la culpa a los demás y sacar el mayor rédito posible de los errores ajenos.

Cotillas

Son los encargados de hacer circular los rumores sobre la vida personal de los demás. Aunque no tengan demasiados detalles sobre lo que cuentan, suelen rellenar los vacíos con informaciones inventadas. Cuando obtienen algún chisme sobre los demás, corren a contarlo al primero que se encuentren por delante de manera casi impulsiva.
A la larga acaban contribuyendo a generar distintos bandos dentro de la empresa, para poder sentirse respaldados a la hora de criticar a los compañeros del otro “grupillo”. El ambiente laboral que generan es tremendamente negativo para el funcionamiento general de la empresa, pues generar un clima de desconfianza mutuo muy dañino.


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8 Pautas para enseñar a los niños/as a llevar a cabo sus decisiones



Decidir es difícil, el proceso de toma de decisiones es complicado. Pero ¿qué ocurre cuando sabemos lo que queremos y no ejecutamos la decisión? Es muy importante enseñar a los niños/as a decidir y a conocer que es lo que nos frena en nuestras decisiones para liberarnos de los frenos y ser libres para llevar a cabo la elección

Emoción y Decisión

La toma de decisiones es uno de los procesos más complicados a los que se enfrentan las personas. Recientes investigaciones demuestran que en el proceso de toma de decisiones, están implicadas las emociones. Tomamos la decisión de forma inconsciente antes de que llegue a nuestro consciente, esto es efectivo cuando necesitamos una rápida elección. Pero las emociones tienen un papel decisivo en la toma de decisiones y van a guiar nuestra elección final.

A veces sabemos lo que queremos, nuestra mente lo tiene claro, pero retardamos el momento de decidir, paralizados por nuestras emociones. La incertidumbre sobre el resultado de la decisión, nos provoca sensaciones de miedo, angustia, frustración, etc. Y estas emociones son las que nos crean la duda y nos paralizan, permaneciendo en un estado de malestar, sin tomar ninguna decisión.

Tomar una decisión

En la vida son múltiples las opciones y las decisiones a las que tenemos que enfrentarnos diariamente. Algunas de estas elecciones serán triviales, y otras serán importantes. La dificultad en la toma de decisiones es que no sabemos con seguridad lo que va a ocurrir. Tomar una mala decisión sin sopesar las consecuencias o no llegar a decantarse por ninguna elección puede acarrear malestar emocional y llevarnos a situaciones indeseadas. Es por ello fundamental enseñar a los pequeños a tomar decisiones, a elegir libremente. Ser los responsables de su propia vida y los protagonistas de la misma.

Educar en la toma de decisiones debería ser un elemento clave en la crianza de los niños y niñas. De este modo serán adultos felices y capaces de tomar las riendas de su vida, sin miedos.

Ideas que paralizan la toma de decisiones.

Las emociones vienen determinadas por lo que pensamos. Hay determinados pensamientos o ideas que nos crean emociones como el miedo o la frustración, que nos paralizan, conocer ese tipo de pensamientos es importante para cambiarlo por otros.


  • Y si me equivoco. Es mejor equivocarse y aprender que no hacer nada, o mantenernos en una situación que nos genera malestar. 
  • No sé cuál es la decisión correcta o no sé qué es lo que quiero. Ninguna decisión es correcta o incorrecta, son diferentes alternativas. La única elección acertada es aquella que aunque nos cueste nos hace sentir bien y nos lleva al bienestar. La única decisión correcta es la que nos lleva al bienestar y se basa en la sinceridad con uno mismo, apoyándose en un equilibrio entre pensamiento, emoción y las alternativas.
  • Los demás desaprobarán mi decisión. El único dueño de su vida es uno mismo, no debemos elegir por lo que vayan a pensar u opinar los demás.


8 Pautas para educar a los niños y niñas para que lleven a cabo sus decisiones


  • Haz que el niño/a interprete las elecciones con ideas realistas que le permitan no experimentar emociones negativas.


  • Libérale de las emociones que le paralizan, como el miedo. De este modo le proporcionaras la libertad para decidir.


  • Trata de no influenciar en sus decisiones. Es mejor que decidan por sí mismos, aunque se equivoquen, y pierdan el miedo a errar.


  • Enséñale a realizar un análisis interno de búsqueda: lo que creo que quiero, que alternativas tengo, que pienso acerca de las alternativas y los medios para lograrlo, que emoción me provocan estos pensamientos y QUÉ ES LO QUE REALMENTE QUIERO. Lo que siento, y lo que pienso es la base que determina lo que quiero. 


  • Ayudarle a imaginar lo que ocurrirá en un futuro cuando haya seleccionado alguna opción, le ayudara a perder el miedo a las consecuencias. 


  • Crea situaciones cotidianas en las que tenga que decidir sobre cosas sin importancia. De esta forma le entrenamos en el hábito, es bueno que las dos alternativas sean buenas (por ejemplo: “que quieres de postre helado o natillas”, “tienes que hacer los deberes hoy ¿Cuándo quieres hacerlos ahora o más tarde?” 


  • Enséñale también algún proceso de toma de decisiones, en el que se haga un análisis de las diferentes alternativas y ayúdale a que cumpla con la decisión tomada.


  • Edúcales para ser sinceros consigo mismos. Enséñales que solo ellos son los que pueden saber qué es lo que quieren.


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10 errores comunes que cometemos los padres de hoy en día


La educación de los hijos provoca muchas inseguridades y no pocas angustias a muchos padres. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Debería haberle castigado? ¿Me habré pasado de duro? ¿Seré demasiado blando? ¿Cómo logro que me obedezca? Psicólogos y pedagogos explican que quizá restaría presión a los progenitores modificar sus expectativas: en lugar de aspirar a hacerlo todo bien, plantearse no hacerlo mal y, sobre todo, evitar los errores más dañinos a la hora de educar. Con la ayuda de Javier Urra –pedagogo, doctor en Psicología y Enfermería, y durante años Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid–, de Victòria Gómez –orientadora familiar y vocal del Col·legi de Pedagogs de Catalunya–, y de Julio Fernández Díez –psicólogo escolar, catedrático de orientación educativa y autor de Errores en la educación de los hijos (Pirámide)– hemos identificado los 12 errores que se consideran más comunes y perjudiciales a la hora de educar a los hijos. Son estos:

 1. Disparidad entre los padres La falta de unidad de criterio entre las figuras de autoridad es uno de los grandes lastres para educar. De entrada, porque si el niño recibe mensajes contradictorios, si sus progenitores se desautorizan entre ellos, no sabe a quién hacer caso y se siente perdido, sin referencias claras. Y porque a medida que crecen aprenden a utilizar esas discrepancias o diferencias de criterio para hacer lo que quieren. “Siempre es mejor equivocarse juntos que acertar por separado”, resume Victòria Gómez, para quien frases tan populares como “pregúntaselo a tu padre” o “lo que diga tu madre” son un error. “Cuando piden algo y no se tiene un criterio claro o único, lo mejor es decirles ‘ya lo hablaremos y te daremos la respuesta’, para que vean que la familia es un bloque”, apunta.

2. Sobreproteger Aseguran los educadores que éste es uno de los errores más frecuentes en la sociedad actual. Los padres asumen muchas tareas de los hijos, estudian con ellos, les disculpan ante el profesor, intervienen antes de verles sufrir las consecuencias de una mala decisión, les dicen constantemente lo que han de hacer, organizan toda la vida familiar a su alrededor, les evitan disgustos… “Esta sobreprotección resulta muy perniciosa porque hace ciudadanos dependientes y a veces muy tiránicos, porque crecen pensando que el mundo gira a su alrededor, que son los reyes de la casa, no uno más de la familia”, advierte Javier Urra. La sobreprotección provoca personas inseguras, incapaces de tomar decisiones y de enfrentar las dificultades y contratiempos diarios, que no saben asumir las consecuencias de sus actos y con problemas de autoestima. Julio Fernández asegura que la sobreprotección es un error clásico a la hora de educar porque estamos preparados genéticamente para proteger la prole, como hacen otros animales con sus crías. “La infancia en la especie humana es muy larga, y para criar a un niño durante tantos años en medio de la sabana había que sobreproteger mucho; pero esa sobreprotección comenzó a resultar excesiva cuando la vida cotidiana se hizo menos peligrosa, y de ello dan cuenta historias como la de la Bella Durmiente o la del Príncipe Siddharta; lo que ha cambiado es que esa obsesión de los padres por salvaguardar a su hijo de todo mal que se atribuía y criticaba a príncipes y personajes de alta alcurnia hoy se ha generalizado a toda la población, y de ahí el actual síndrome del emperador”, explica.

3. Transmitir desprecio Frases como “ya sabía que lo ibas a romper”, “eres idiota”, “pareces tonto”, “no vales para nada”, “siempre me defraudas” o “no sé para que te he tenido” resultan muy dañinas para los hijos. Gómez enfatiza que no hay que faltar al respeto a los hijos ni ponerse a su altura cuando se enfadan: “Los padres no deben perder los papeles, han de controlar su actitud por mucho que el hijo les provoque; hay que estar por encima de ellos y no comportarse como un crío o como un adolescente, y perdonar con facilidad, no entrar en guerras del tipo ‘como él no me habla yo tampoco’”.

4. Falta de continuidad Los expertos advierten que un fallo habitual de los padres es dejarse llevar por su estado de ánimo a la hora de educar, de modo que permiten o no determinadas conductas en función de que estén más o menos cansados, contentos o enfadados. “Hay que tener conciencia de que estamos educando siempre, no en momentos concretos”, señala Gómez. Julio Fernández subraya que, ante los hijos, los padres son la autoridad, de forma que no deberían comportarse de forma arbitraria sino ecuánime y racional.

5. Castigar mal Poner sanciones desproporcionadas o sin lógica, imponer castigos imposibles, hacer promesas inalcanzables o que no se cumplen son errores muy habituales y muy nocivos a la hora de educar. Si los castigos no se aplican por imposibles o por dejadez, los padres pierden autoridad y transmiten la idea de que sus normas pueden quebrantarse fácilmente. “Es mejor ser moderado en el castigo y llevarlo a la práctica, y en lugar de castigar al adolescente sin salir todo un mes o exigirle que estudie cinco horas diarias, limitarle a una hora la conexión a las redes sociales o a la videoconsola”, ejemplifica Fernández.

6. Prometer y no cumplir Los educadores también alertan contra las promesas o premios inalcanzables, que además de decepcionar acaban desincentivando. “A veces prometemos comprarles el móvil o la bici si sacan buenas notas, y esa es una condición muy ambigua, de modo que quizá el chaval se esfuerza pero al final le decimos que no, que los notables no cuentan, que se esperaban de él sobresalientes, o que aunque sus notas son buenas no tendrá el premio porque se ha portado mal con su hermano, y el niño se frustra y deja de trabajar”, explica Julio Fernández. Y añade que en muchos casos se amplía aún más el error cuando luego, en un momento de arrepentimiento, esos mismos padres (o los abuelos), le acaban comprando el móvil o la bici sin haber conseguido el reto propuesto.

7. Comparar entre hermanos Todos los padres saben que cada hijo es diferente. Sin embargo, a la hora de educarlos no siempre los tratan de forma diferente. Lo habitual es lo contrario, que se esfuercen en tratarlos por igual y que, a menudo, los comparen. Pero, advierten los expertos, cada hijo requiere una educación distinta, un trato individualizado y que le dediquen un tiempo a solas, entre otras razones para poder conocerle y saber cómo hay que tratarle. “Las comparaciones continuadas entre hermanos suscitan celos, envidias y dañan”, alerta Javier Urra.

8. No poner límites Los expertos explican que muchas veces los padres no tienen un proyecto claro de cómo van a educar a sus hijos, cuáles son las normas mínimas que van a exigir, y van improvisando, de modo que no siempre son coherentes en sus criterios. “Mientras son pequeños trampeamos los problemas que van planteando, y en la adolescencia se pierde el control, se les quiere poner normas, y entonces ya es tarde”, comenta Victòria Gómez. Julio Fernández subraya que muchos padres priorizan la paz familiar por encima de todo y eluden su obligación de poner límites porque eso lleva en ocasiones al conflicto.

9. Ser amigos de los hijos Los psicólogos advierten que los padres son la figura de autoridad para el hijo y es un error tratar de ser amigos suyos en lugar de ejercer de padres. También desestiman los estilos educativos muy permisivos o aquellos que lo negocian todo. “El estilo democrático está bien para algunas cosas, como para decidir dónde se va de vacaciones, pero se ha magnificado y hay cosas que no se negocian, como el horario de estudio, el ir con cinturón en el coche o comportarse bien el supermercado, ahí ha de ser el padre el que ejerza la autoridad”, reflexiona Fernández. En su opinión, este tipo de errores se han extendido de la mano de lo que denomina “leyendas urbanas sobre educación”, informaciones del ámbito de la psicología que en un momento dado tuvieron vigencia y luego se demostró que no son ciertas pero continúan en la imaginación colectiva, como que no hay que castigar para no traumatizar, que hay que potenciar al máximo la autoestima o que Einstein era mal alumno a pesar de su inteligencia, ejemplifica.

10. Malos ejemplos “Los padres no pueden pedir al hijo que se controle o que no pegue si lo que le transmiten es que de vez en cuando a ellos ‘se les cruzan los cables’, insultan al del coche de al lado, o están siempre criticando; tampoco pueden exigirle que termine lo que empieza o que cumpla las normas si ellos no lo hacen”, dicen los expertos. La incongruencia entre lo que se dice y se hace “resulta muy negativa, quita fuerza moral y deslegitima”, apunta Urra.

11. Negatividad El que fuera Defensor del Menor de Madrid cree que es un grave error no transmitir a los hijos ilusiones, dilemas vitales y amplitud de miras. Advierte que cuando los padres son muy depresivos o negativos y los hijos crecen oyendo todo el día críticas sobre los demás y escuchando que no hay que fiarse de nadie, que los otros son dañinos, “eso repercute en su carácter, que acaba siendo despótico, lastimero, paranoico u ofensivo”.

12. Hacerlos mayores antes de tiempo Un error muy actual de los padres es acortar la infancia de sus hijos, hacerles mayores antes de tiempo. “Se detecta en la forma de vestirlos, en dejarles ponerse un piercing o adoptar comportamientos de adulto desde muy pequeños, en encontrar divertido y alentar que tengan novias o novios, en permitir que con 14 años tengan horarios de fiesta intempestivos…”, indica Fernández. Y subraya que el contrasentido es que a ese mismo chaval al que se deja salir de noche, se le prepara el desayuno y se le tramita la matrícula del instituto. “Por un lado les hacemos muy mayores, y por otro no les dejamos crecer, no les damos responsabilidades propias de su edad”, concluye.

 Fuente: La Vanguardia

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El Bullying también lo fomentan los padres con su mal ejemplo.



El Bullying también lo fomentan los padres con su mal ejemplo. 



El Bullying, sin querer o queriendo, puede empezar a fomentarse desde la tranquilidad del hogar, con esos comentarios mordaces, despectivos, injuriosos, etc. que los padres hacen delante de los hijos, sobre las personas que son diferentes a su grupo étnico, social o intelectual.

Esos comentarios suelen fomentar en los hijos la xenofobia, el racismo, la intolerancia, el abuso de fuerza, la discriminación, la aporofobia (miedo a la pobreza), la burla por el físico o imagen, etc., de eso, solamente hay un pequeño paso para desencadenar el chispazo del crimen del bullying.

Critican o consienten que los hijos hablen despectiva o negativamente, sobre diferencias en los sistemas de educación entre escuelas públicas, colegios privados y homeschooling, lo que crea un sentido de rechazo a los no iguales, que algunas veces termina fomentando el bullying.

Los padres no deben hablar con total naturalidad delante de sus hijos, sobre las cosas que nos les gustan de otros, o de situaciones contrarias a sus intereses económicos, sociales o educacionales, demonizando a todos los que no son iguales.

14 Ocasiones en las que los padres pueden sembrar la semilla del bullying:


  1. Cuando critican a las víctimas del bullying al decir “Algo habrán hecho”. “No saben ni defenderse”
  2. Cuando critican a los que son pacíficos y no quieren meterse en peleas, animando a los promotores del bullying: “Son unos cobardes, dejan que todo el mundo haga lo que quiera, no imponen su autoridad”. 
  3. Cuando critican a todo lo que sea inclusión, flexibilidad, generosidad, comprensión, caridad, respeto, etc. 
  4. Cuando critican aseverando que todos hacen todo mal, y nosotros lo hacemos todo bien. 
  5. Cuando critican con expresiones faciales o lenguaje corporal, indicando el disgusto de estar con alguien, que no les cae bien. 
  6. Cuando critican continuadamente a los políticos elegidos democráticamente, aunque los que critican, no hayan ejercido el derecho al voto. 
  7. Cuando critican a los profesores que castigan a los responsables que ejercieron el Bullying. 
  8. Cuando critican los videos comprados o los programa de TV, que no contengan explícitamente acciones violentas, contra las personas más débiles o indefensas. 
  9. Cuando critican despiadadamente a otros familiares o amigos comunes, en relación con sus gastos o ingresos, situación económica, problemas familiares, etc. 
  10. Cuando critican de forma hiriente o ridiculizadora, los artículos de opinión, noticias o personas en los medios de comunicación, etc. 
  11. Cuando critican perversamente, atentando contra la autoestima y dignidad de otras personas, en frases como: “No valen para nada”. “Por mucho que se esfuercen no lo van a conseguir”. “No vale la pena, ni que lo intenten”. “No son capaces”. “Por su culpa, nosotros estamos así”. 
  12. Cuando critican negativamente todo lo que sucede, expresando intolerancia hacia lo diferente o ignorado. 
  13. Cuando critican sobre colectivos diferentes a ellos, por su Fe, raza, etnia, color, situación económica, cultural, salud, presencia, etc. 
  14. Cuando critican sobre todo lo que se oye o ve en la televisión, en determinados programas, sin ejercer el derecho de cambiar el canal.


Algunos padres no quieren o no saben darse cuenta, que ellos tienen que ser para sus hijos los modelos de virtudes, y que tienen que educarlos con sus conocimientos y prácticas de las virtudes y valores humanos. Deben examinar sus propias conductas y lo que se les enseña, considerando cómo afectan a los más pequeños, los comentarios violentos que realizan incluso dentro del hogar.

Los padres deben comprender que sus comentarios, hechos o actitudes despectivas o agresivas, tienen consecuencias directas sobre el comportamiento de los hijos. Tienen que darse cuenta que están enseñando a sus hijos a abusar, fomentando o consintiendo, que sus hijos en la escuela o en la calle hagan bullying.

El efecto desolador que produce, el hacer comentarios tras comentarios de otras personas diferentes, se quejan, dan opiniones sobre todo y sobre todos. Lanzan condena tras condena contra otras personas, que son distintas a ellos. Incluso sugieren que si tuvieran el poder, actuarían de manera violenta con otras personas diferentes.

En el mismo hogar empieza la siembra de la semilla del odio, pues cuando los hijos llegan a tener poder, en grupo o en solitario, contra otra persona diferente, se le viene el recuerdo de las injurias que sus padres han dicho, sobre determinadas personas. Casi siempre indefensas o en minoría.


 
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